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la ofrenda de herodes

leopoldo_lugones1
I.
La alcoba solitaria

El diván dormitaba; las sortijas
brillaban junto a la oxidada aguja
y un antiguo silencio de Cartuja
bostezaba en las lúgubres rendijas.

Sentía el violín entre prolijas
sugestiones, cual lánguidad burbuja
flotar su extraña anímula de bruja
ahorcada en las unánimes clavijas.

No quedaba de tí más que una gota
de sangre pectoral, sobre la rota
almohada. El espejo opalescente
estaba ciego. Y en el fino vaso,
como un corsé de inviolable raso
se abría una magnolia dulcemente.

de Crepúsculos del Jardín

II.
La última careta

La miseria se ríe. Con sórdida chuleta,
su perro lazarillo le regala un festín.
En sus funambulescos calzones va un poeta,
y en su casaca el huérfano que tiene por Delfín.

El hambre es su pandero, la luna su peseta
y el tango vagabundo su padre nuestro. Crin
de león, la corona. Su baldada escopeta
de lansquenete impávido suda un fogoso hollín.

Van en dominó de harapos, zumba su copia irónica.
Por antifaz le presta su lienzo de Verónica.
Su cuerpo, de llagado, parece un huerto en flor.

Y bajo la ignominia de tan siniestra cáscara,
Cristo enseña a la noche su formidable máscara
de cabellos terribles, de sangre y de pavor.

de Lunario Sentimental

III.
La ofrenda de Herodes

I.
Hinchado el cuello de incitante escorzo,
y cimbrenado su flexible torso
con nerviosa elegancia de pantera,
danza la hermosa hebrea ante el Tetrarca,
cuya mirada voluptuosa abarca
la escultura triunfal de su cadena.

El arpa en su vibrante nervadura
hila los ritmos de la danza impura,
y cuando el paso bárbaro termina,
con viril insolencia de sicario
manifiesta el intento sanguinario
la boca de la virgen asesina.

II.
En el rejio vestíbulo aparece
torvo idumen, que impasible ofrece
en cincelado plato, helada y yerta,
una cabeza que segó el degüello
y sangre el tajo del robusto cuello
cual la corola de una rosa abierta.

Anubia las arrugas de la frente
que cincelara en cobre el sol de Oriente,
una sorda tormenta que reposa.
Y al postrer cripamiento en que agoniza,
en los siniestros pómulos se eriza
el bosque de la barba tenebrosa.

de Poesías diversas

leopoldo lugones
todo el material pertenece a Obras Poéticas Completas, Leopoldo Lugones, Prólogo de Pedro Miguel Obligado, Aguilar Editor, Madrid, 1948, Primera Edición.

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